viernes, 27 de noviembre de 2009

Perros.

Todo está jodido en ese momento de la novela. Ya que todo empieza así, con el personaje lamentándose por algo que los lectores no saben qué es. El país (Perú), la ciudad (Lima), el personaje (Santiago Zaravia), todo está jodido. Y él perdió la fuerza, dejó de importarle casi todo, porque al parecer Zavalita está vencido, el trabajo en el diario lo hace en la parte de editoriales. ¿Por qué? Porque se trabaja menos, le dice a un compañero periodista que moriría según sus palabras trabajando en policiales, este le dice que esa sección se aleja de la notica. Tal vez Santiago ya vio demasiadas noticias y está cansado, está jodido. Su trabajo consiste en editoriales contra los perros de la ciudad, contra la rabia. Y los hace porque perdió las ganas, las fuerzas, hasta en algún punto la moral. Lo hace, porque lo hace.

Y en esa época, en esa mañana que habla con su colega, le secuestran al perro. A su esposa por la calle, una avenida a plena luz del día y con total impunidad, le sacan al perro de las manos empujándola, secuestrándoselo mientras lo paseaba. Tenía cadena puesta, le dice su esposa en algún momento. Santiago se propone sacarlo. Se lo dice a su esposa.

Pero él no sabe dónde está la perrera. Pregunta y la gente no sabe dónde está la perrera. Esta escondida en la ciudad, y luego encuentra a gente que sabe dónde queda y le van dando indicaciones. Llega al lugar que todos saben que existe pero pocos saben dónde esta. Allí encuentra a los perros hacinados en pequeñas jaulas. Es testigo de una ejecución con palos a un perro. Por cada perro que llevan a la perrera les dan un sol a los empleados. Puede sacarlo de ese lugar por trafico de influencias ( “Si le ha pasado algo a mi perro la cosa no se va a quedar así –saca su carnet de periodista, golpea la mesa otra vez-. Y los tipos que agredieron a mi señora lo van a lamentar, seguro”). La gente que trabaja en la perrera se queja de la falta de presupuesto, se queja de todo, deslinda culpas. Las culpas siempre son lo peor y van para arriba.
El periodista encuentra a su perro que mueve la cola y lo reconoce. Pueden salir, mientras otros perros mueren. Mientras otros perros pudieron haber sido secuestrados de las manos de sus dueños. Los muelen a palos y los perros lloran. Y todo por unos cuantos soles.

Luego, la novela empieza, esto es sólo un extracto del primer capítulo de Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa. Cuando empieza la novela sabemos que se nos va a hablar de dictaduras y personas que la sufrieron, trabajaron o gozaron en ella.

Por lo menos sabemos que a los perros se los llevaban por dinero, porque a veces es bueno saber cuál es la causa. Tal vez si a los perros se los llevaran sin ningún pretexto y los muelan a palos en algún lugar de la ciudad sería peor. Porque se me ocurre que tal vez en Buenos Aires, Santiago podría haber dado vueltas sin encontrar el lugar de detención, sin saber porqué se lo llevaron, si murió o no y tal vez, sólo tal vez, algo le podría haber pasado a él. Pero recupera por suerte a su perro de la perrera de Puente del Ejercito y vuelve a casa con su mujer; aunque vuelve con un secreto, que es lo que pasó en la conversación en el Bar La Catedral, que es – en verdad – la novela.

3 comentarios:

Lauri dijo...

Está muy bueno. No sé la relación de esto con la novela, porque no la leí. Pero es una linda reseña.
No entiendo por qué te parece que no es el tono de esto no lo dije yo.
Hay algún que otro verbo descuajeringado, sigue pasando eso. Digamos que es tu "marca", hasta que encontremos la manera de desmarcarte.




(Yo sigo sin creer que estés usando tantos acentos :P
Sos, diría, mi mejor alumno de toda la vida! :D )

Lautaro Fernandez Elem dijo...

Muy bueno. Hacía mucho que no me ponía a leer algo de Vargas Llosa y ahora me dieron ganas de nuevo.
Mucha suerte.

Eugenio Rise dijo...

Novela con final inexorable pero no por ellos menos imprevisible. Una pendiente hacia la nada.